jueves, 8 de agosto de 2013

COMENTARIO Por qué el cristianismo no puede reducirse a una ideología

El cristianismo no es una ideología, no puede encerrarse conceptualmente  en una construcción humana de pensamiento, en un orden sistemático y concluso como suelen ser las ideologías, porque siempre lo desborda, lo transciende.  San Pablo lo entendía cuando escribió  a los efesios: “Dios os conceda comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura  y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa a todo conocimiento, y se llenen de toda la plenitud de Dios” (Ef 3,17-19)  “A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida la gracia de anunciar a los  gentiles la insondable riqueza de Cristo” (Ef, 3,8).

Al mismo tiempo podemos afirmar con la Iglesia que  la economía cristiana, como alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (DV 4) (CCE 66). La Revelación pública se clausura con la Iglesia apostólica y la fijación de los escritos neo testamentarios.  Pero no podemos imaginar la Tradición como una mera transmisión mecánica, inerte, conceptualmente cerrado,  de algo que fue vivo hace 20 siglos. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, la fe cristiana no es una «religión del Libro». El cristianismo es la religión de la «Palabra» de Dios, «no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo de Claraval, Homilia super missus est, 4,11: PL 183, 86B). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc 24, 45) (CCE, 108).

Por eso, en el conjunto de la Iglesia hay un proceso en el crecimiento de la fe: aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos (CCE, 66). En la vida de los Santos se da un crecimiento de la fe llevada a la vida, un crecimiento en la Comunión de la Iglesia, un crecimiento en la caridad de Cristo.

No somos poseedores de la verdad, sino, más bien, somos poseídos por la Verdad, que es Cristo.  El nos preside, nos guía, nos enseña a través del Espíritu Santo.  Pero además, Jesús nos asimila, nos cristifica, nos incorpora a Sí, nos hace Cuerpo suyo, nos hace Iglesia, especialmente a través de la Eucaristía.

Las ideologías humanas son cerradas en sí mismas, nacen del hombre, no conducen más allá del hombre. La vida cristiana es un don que nos viene de lo alto, nos viene de Cristo, Hijo Unigénito del Padre, que se hizo hombre y habitó entre nosotros. No es el resultado de una búsqueda humana sino la sorpresa de un Dios que nos sale al encuentro, nos llama, nos convoca, se nos da.

J. S.